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Lobos contra Corderos

Por Javier Sierra

En los montes del estado mexicano de Guerrero un grupo de campesinos ecologistas redefine la palabra coraje diariamente.

Su obstinada y heroica defensa de los bosques ancestrales les ha costado sangre, sudor y lágrimas, y según escribo estas líneas, la vida de al menos uno de ellos corre grave peligro.

Se trata de los líderes de la Organización de Campesinos Ecologistas de la Sierra de Petatlán y Coyuca de Catalán (OCESP), quienes decidieron hace años poner fin a la tala indiscriminada de sus bosques por parte de los caciques madereros de la zona.

Estos campesinos empezaron a presionar a las autoridades para que se detuvieran las explotaciones irresponsables que han devastado miles de hectáreas de bosques ancestrales. Esta lucha continua hoy. Para los caciques, los cedros rojos que pueblan estos montes son simplemente árboles de dinero. Para los campesinos, son los garantes de la fertilidad de sus tierras y de su propia supervivencia.

Y esta lucha desigual, de lobos contra corderos, tuvo su mayor exponente el 19 de mayo. Aquel mal día, Albertano Peñalosa, uno de los líderes de OCESP, regresaba a su hogar en su camioneta junto con cuatro de sus hijos. Poco se imaginaban que estaban entrando en la boca del lobo.

Dejemos que Reyna Mojica, la esposa de Albertano, relate esos horrendos minutos.

"Al acercarse el ruido de la camioneta", recuerda Rayna, "escuché una terrible balacera, salí y vi la lumbre de las armas, y yo corría y les pedía que no tiraran. Alcancé a ver que arrastrándose venían mi esposo y dos de mis hijos, muy mal heridos. Seguí corriendo hacia ellos, y vi que seguían disparando para rematarlos. Allí estaban, en la camioneta. El chiquito tenía la cara destrozada, estaban sus sesos en el vidrio. Las tripas de mi hijo mayor estaban desparramadas en el asiento".

Reyna se refiere a Abatuel, de nueve años, y Armando, de 20. Albertano quedó gravemente herido de siete impactos de bala, uno de ellos en la cabeza. Sus otros dos hijos resultaron heridos de menor gravedad.

Pero hubo poco tiempo para derramar lágrimas. Al darse cuenta de que los investigadores no tenían realmente voluntad de hacer justicia, el resto de la familia Peñalosa huyó al monte sabiendo que los sicarios de los caciques "querían matarnos a todos", como dice Reyna.

Albertano permaneció en su escondite donde sus vecinos cuidaron de sus heridas. Finalmente, el alcalde de Acapulco se apiadó de él y le prestó protección para que fuera hospitalizado.

Pero hoy siguen escondidos, aterrados de la furia de los caciques y de la negligencia de las autoridades.

"A esta gente, lo que les molesta es que no les dejen cortar y destruir el bosque a sus anchas", dice Reyna. "Ellos le tienen mucho amor al dinero".

La noticia del cobarde ataque la recibió Felipe Arreaga, otro líder de OCESP, en la cárcel. Felipe había sido acusado de la muerte, en 1998, del hijo del cacique maderero Bernardino Bautista. Poco después, a Albertano se le acusó del mismo crimen. Pero las pruebas muestran que ninguno de los dos estaba presente cuando se cometió el crimen, y los testigos presentados por Bautista jamás han accedido a repetir sus acusaciones.

"Que mi marido lleve nueve meses en la cárcel es una venganza porque interrumpimos la destrucción del bosque", asegura Celsa Valdovinos, la esposa de Felipe. "Bautista tiene dinero y poder, y amigos en el gobierno. A él sí le hacen caso".

Celsa es la fundadora de la Organización de Mujeres Ecologistas de la Sierra de Petatlán (OMESP), y bajo su dirección el grupo ha realizado una extraordinaria labor medioambiental, incluyendo plantar cientos de miles de árboles.

"Nosotros no le debemos nada a nadie", dice Celsa. "Esto me amarró. Me gusta trabajar por el medio ambiente porque quiero dejar algo para mis hijos".

El 9 de agosto, el Sierra Club, en conjunción con Greenpeace México y el Centro de Derechos Humanos Tlachinollan -el grupo que les ayuda legalmente- otorgó su prestigioso Premio Chico Mendes a Celsa, Felipe y Albertano "por su extraordinario heroísmo ecológico".

Los tres expresaron su agradecimiento por el premio instituido en honor del ecologista brasileño Chico Mendes, asesinado en 1987. Pero también exigieron justicia.

"No vamos a desmayar, ni tener miedo. Esto nos ha dado fuerzas para seguir adelante", dice Albertano desde su escondite. "Pero quiero que se haga justicia, que esto no quede como que mis hijos no han muerto".

Javier Sierra es columnista del Sierra Club.


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