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Una Industria Borracha de Ganancias

Por Javier Sierra

El Capitán Joseph Hazelwood había tomado unas cuantas copas de más y se retiró a su camarote, dejando a su poco experimentado y agotado contramaestre, Gregory Cousins, al mando de la enorme nave.

El Exxon Valdez, cargado con 53 millones de galones de crudo, debía evitar los icebergs que obstaculizaban de la ruta habitual de salida del la Ensenada Prince William, en Alaska. Después de varias maniobras y creyendo que el peligro quedaba atrás, Causins decidió conectar el piloto automático, y a las 12:04 am del 24 de marzo de 1989, el colosal tanquero encalló contra el Arrecife Bligh.

El Exxon Valdez empezó a desangrarse por el enorme boquete del que surtirían 11 millones de galones de petróleo. La indecisión de Exxon --la compañía propietaria de la nave-- y lo remoto de la zona contribuyeron a agravar lo que se convertiría en una pesadilla medioambiental y económica que todavía perdura.

El terrible derrame cubrió con un manto mortal 1,300 millas de una de las costas más prístinas y fecundas del Hemisferio Occidental, causando la ruina de la floreciente industria pesquera, además de la muerte de hasta 500,000 aves marinas, miles de millones de huevas de pescado y centenares de otros animales mayores, como orcas, focas, nutrias y águilas calvas.

La consiguiente investigación federal concluyó que Exxon y sus empleados cometieron una larga lista de errores que desembocaron en la catástrofe, incluyendo la falta de supervisón de un capitán ebrio, y las excesivas horas de trabajo y el agotamiento de otros oficiales. También se culpó a Exxon por su lamentable falta de reacción ante semejante desastre.

En este 20 aniversario de la peor catástrofe ecológica en la historia de Estados Unidos, ExxonMobil parece haber pasado la página hace casi dos décadas. Pero los residentes de las costas de Alaska, especialmente los pescadores, aún viven esta pesadilla.

Según el gobierno federal bajo la superficie de las playas de la zona todavía quedan 26,600 galones de crudo. No es de extrañar, por tanto, que la pesca en Prince William nunca haya recuperado su pasado esplendor. El arenque, por ejemplo, el cual es la base de esta pirámide alimenticia, nunca recobró sus números.

ExxonMobil, por el contrario, se ha convertido en la corporación más rica del mundo. El año pasado, en medio de una recesión, la compañía obtuvo unos asombrosos $45,000 millones en ganancias. Cada minuto de cada día del año 2008, la petrolera ganó más de $75,000. Recordemos que el salario promedio en nuestro país es de poco más de $40,000 al año.

Aún así, ExxonMobil sigue negándose a pagar a los 30,000 pescadores de Prince Williams los $5,000 millones que una corte dictaminó que les debía para compensar por los terribles daños económicos que causó el derrame. Mientras tanto, 6,000 de los pescadores han envejecido y muerto sin ver un solo centavo de la compensación que se merecían.

ExxonMobil, asimismo, actúa como si el desastre del Exxon Valdez fue un caso aislado y que no debemos preocuparnos de que se repita el desastre. El Servicio de Gestión de Minerales, sin embargo, informa que las explotaciones petroleras en las costas del país derraman casi 300,000 galones de crudo en el océano. Solo los huracanes Katrina y Rita derramaron unos 9 millones de galones de crudo.

Estas son abrumadoras razones para buscar otras opciones a los combustibles fósiles, a la energía del siglo 19. Sin embargo, ExxonMobil y el resto de la industria petrolera y de gas quieren que continúe la borrachera sin pensar en la inevitable cruda.

El año pasado, esta industria aumentó en un astronómico 64% sus gastos de cabildeo en Washington, de $82 millones en 2007 a $128.6 en 2008. Por supuesto, la que más invirtió en influenciar a los políticos federales fue ExxonMobil, con $29 millones.

Los observadores consideran que este espectacular aumento en los gastos de cabildeo es un síntoma de pánico en una industria que ya no tiene a su mejor aliado en la Casa Blanca, sino a un nuevo presidente, Barack Obama, empeñado en buscar y establecer fuentes de energía limpia y renovable.

También se ha dado cuenta que el Presidente Obama está convencido de que debemos tomar medidas urgentes y efectivas para combatir el calentamiento global.

Veinte años después del desastre del Exxon Valdez, esta industria, borracha de ganancias, quizá también esté a punto de encallar contra un arrecife llamado soberbia y tenga los días contados.

Javier Sierra es columnista del Sierra Club. El Sierra Club es la mayor y más antigua organización de base medioambiental en Estados Unidos.


Up to Top

An Industry Drunken with Profits
By Javier Sierra

Ship Master Joseph Hazelwood had had too many drinks that night and had gone to bed, leaving the huge vessel in the very tired, inexperienced hands of Third Mate Gregory Cousins.

The Exxon Valdez, loaded with 53 million gallons of crude, had to avoid the icebergs that were blocking the usual rout out of Prince William Sound, in Alaska. After several maneuvers and thinking that danger was behind them, Cousins engaged the automatic pilot, and at 12:04 AM on March 24, 1989, this oil leviathan hit the Bligh Reef.

The ship started bleeding through a huge gap that would let go 11 million gallons of crude. The clumsy hesitation by Exxon --the owner of the tanker-- in reacting to the spill and the remoteness of the area contributed to worsen what would become America's worst ecological catastrophe.

With a deadly cloak, the spill covered 1,300 miles of some of the most pristine, biologically rich coastline in the Western Hemisphere, triggering ruin for the local fishing industry and also the death of up to 500,000 sea birds, billions of fish eggs and hundreds of larger animals, such as orcas, seals, otters and bald eagles.

A federal investigation concluded that Exxon and its employees committed a long list of mistakes that led to the disaster, including failing to supervise a drunken shipmaster or acknowledging that the crew was overworked and exhausted. Exxon was also blamed for its dismal reaction to the disaster.

In this 20th anniversary, Exxon (now known as ExxonMobil) has long ago turned the page. For the Alaska residents, especially the fishermen, the nightmare continues.

According to the federal government, 26,600 gallons of crude oil are still lingering below the surface of area beaches. It's no wonder the fisheries at Prince William Sound never quite returned to their glorious past. The herring population that supports the fishery food chain in that region, for instance, has never recovered.

ExxonMobil, on the other hand, has since become the world's richest corporation. Last year, in the midst of a recession, the company reported a jaw-dropping $45 billion in profits. Each minute of each day of 2008, it made more than $75,000 in profits. Let's keep in mind American's average salary is a little over $40,000 per year.

Even so, ExxonMobil keeps refusing to compensate those 30,000 Prince William Sound fishermen to the tune of $5 billion as ordered by a court in view of the terrible devastation it caused to the region's economy. During this time, 6,000 fishermen have aged and died without seeing a single cent of what the company owes them.

Also, the company acts as if the Exxon Valdez disaster were an isolated case and that we should not worry any recurrence. The Minerals Management Service, however, reports that offshore oil operations around the country spill almost 300,000 gallons of crude into the ocean every year. Hurricanes Katrina and Rita alone spilled some 9 million gallons.

These should be overwhelming reasons to look for alternatives to 19th-century energy solutions. Nevertheless, ExxonMobil and the rest of the oil and gas industry insist on continuing their drunken ride without thinking about the inevitable hangover.

Last year, this industry increased its lobbying expenses in Washington, DC, by an astonishing 64 percent, from $82 million in 2007 to $128.6 million in 2008. Of course, the leader of the pack was ExxonMobil, with $29 million.

Industry observers consider this spectacular increase a symptom of panic in an industry that no longer has its best friend in the White House. Instead, they see a new president, Barack Obama, determined to look for and establish clean and renewable sources of energy.

It has also realized that President Obama is convinced that we must take urgent, effective action to fight global warming.

Twenty years after the Exxon Valdez disaster, this industry, drunken with profits, perhaps is also about to hit a reef called arrogance and perhaps has realized that its days are numbered.

Javier Sierra is a Sierra Club columnist. For more information, please visit www.sierraclub.org/ecocentro


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