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Algo Apesta en La Gloria

Por Javier Sierra

En el reparto de las prometidas bendiciones del Tratado de Libre Comercio (TLC) en México, al poblado de La Gloria le tocó el infierno.

A esa población del estado de Veracruz le cayó encima el hediondo regalo de la multinacional estadounidense Smithfield Farms, la cual se aprovechó de las terribles taras del TLC para establecer allá un criadero industrial de puercos llamado Granjas Carroll.

La instalación -más bien deberíamos llamarla cámara de los horrores- cada año procesa la carne de unos 800,000 puercos, los cuales producen cientos de miles de toneladas de masa fecal, el equivalente a la generada por una ciudad de tamaño medio.

Estos residuos, sin ningún tipo de tratamiento, van a parar a varias fétidas lagunas a cielo abierto, cubiertas de nubes de moscas, que someten a un continuo asedio la salud y el bienestar de los residentes. El mes pasado, este asedio se hizo insostenible.

El 5 de abril, el diario mexicano La Jornada, citando a funcionarios municipales, informó que la contaminación de las lagunas fecales de Granjas Carroll "generó una epidemia de infecciones respiratorias en el poblado de La Gloria".

"Ya son 400 las personas atendidas", agregó el diario. "Sin embargo, gripas, neumonías y bronconeumonías afectan a 60% de los 3,000 habitantes de La Gloria".

CNN ha identificado a Edgar Hernández, un niño de cinco años residente de La Gloria que sobrevivió a la enfermedad, como el "paciente cero" de la pandemia de gripe porcina que ya afecta a 46 países.

Aun así, todavía no hay evidencias claras de que la gripe porcina provenga exactamente de las Granjas Carroll. Pero lo que sí está claro es que estas tenebrosas instalaciones han sido una amenaza cierta a la salud pública desde que empezaron a funcionar hace más de dos décadas.

Las lagunas fecales que caracterizan a estas instalaciones están cargadas de sustancias de gran toxicidad, como nitritos, amoniaco y compuestos sulfurosos, que contaminan el aire, el agua y la tierra.

En un estudio realizado en varias comunidades de Carolina del Norte, los residentes que vivían cerca de un criadero de 6,000 puercos sufrieron dolores de cabeza, irritación nasal, dolor de garganta, tos, diarrea y escozor de ojos.

En otro del Departamento de Siquiatría de la Duke University, personas que vivían en un radio de dos millas de otro criadero industrial experimentaron altos niveles de tensión, depresión, enojo y fatiga.

En otra comunidad de Carolina del Norte, el hedor procedente de un criadero cercano era tan intenso, que la pintura se desprendió de las fachadas de las casas.

La lista es interminable, y a nadie le debe extrañar porque esta industria, una de las más sucias del país, genera 130 millones de toneladas de estiércol y orín al año, que en demasiados casos acaban en los ríos y costas del país causando terribles daños ecológicos.

Uno de los casos más escandalosos ocurrió en 1997, cuando la Agencia de Protección Medioambiental impuso a Smithfield Farms una multa de $12.5 millones por haber vertido desechos de matadero sin tratar al río Pagan, parte de la cuenca de la Bahía de Chesapeake.

Pero hay una tercera víctima de estos criaderos industriales: sus trabajadores. El 65% de esta fuerza laboral es hispano, y en la mayoría de los casos, indocumentados dispuestos a trabajar en lo que sea, incluso en estos lugares despreciados por los trabajadores norteamericanos.

Esta industria, la cual genera más accidentes laborales que cualquier otra en Estados Unidos, con frecuencia trata a sus empleados incluso peor que a los animales.

"Es fácil encontrar reemplazos, y si te lastimas, te despiden", dice Francisco Risso, director del Centro de Trabajadores, un grupo que asiste a los inmigrantes de la industria cárnica en Morgantown, Carolina del Norte. "Y ya que la mayoría son indocumentados, son incluso más vulnerables a los abusos laborales".

Rossi insiste en que para mejorar las condiciones laborales de esta industria, es esencial que el Congreso apruebe la Ley de Libre Elección Laboral, para que los trabajadores puedan unirse a un sindicato libremente y así tener fuerza a la hora de negociar con los patronos.

Mientras tanto, la gloria de estos trabajadores está tan lejos como el poblado de Veracruz.

Javier Sierra es columnista del Sierra Club.


Up to Top

It Stinks to High Heaven
By Javier Sierra

When distributing Mexico's portion of the "blessings" of the North American Free Trade Agreement (NAFTA), the town of La Gloria (Heaven) got the hellish part of the deal.

In that town in Veracruz State arrived a nasty gift brought by the U.S.-based multinational Smithfield Farms, which took full advantage of NAFTA's terrible flaws to set up a pig factory called Granjas Carroll.

The facility -I should say that chamber of horrors-processes the meat from 800,000 pigs each year, producing hundreds of thousands of tons of fecal matter, equivalent to the amount generated by a mid-sized city.

This untreated waste ends up in several fetid open-pit lagoons, covered by clouds of flies, which keep the residents' health and well-being under constant siege. In April, that siege proved to be unsustainable.

On April 5, Mexico City's La Jornada newspaper, quoting municipal officials, reported that pollution coming from Granjas Carroll's fecal lagoons "started an epidemic of respiratory infections in the town of La Gloria."

"Some 400 people have received medical attention already," the paper added. "However, 60 percent of La Gloria's 3,000 inhabitants are already suffering from flu, pneumonia and bronchopneumonia."

CNN has identified Edgar Hernández, a five-year-old La Gloria resident who survived the illness, as "patient zero" of the swine flu pandemic that spread like wildfire throughout Mexico.

Even so, there still is no clear evidence that the swine flu pandemic originated at Granjas Carroll. But what we do know is that these horrific facilities have proven to be a certain threat to public health ever since they were first developed more than two decades ago.

The fecal lagoons that characterize these animal factories are loaded with toxic substance like nitrites, ammonia and sulfur compounds, which poison the air, water and soil.

According to a study conducted in several North Carolina communities, residents living close to one of these animal factories raising 6,000 pigs complained of headaches, nasal irritation, sore throat, persistent cough, diarrhea and burning eyes.

Another study by Duke University's Psychiatry Department found that people living in a two-mile radius of a swine facility experienced high levels of tension, depression, anger and fatigue.

In yet another North Carolina community, the stench coming from nearby fecal lagoons was so intense that paint from houses peeled right off the walls.

The list goes on and on. And no one should be surprised because this industry, one of the country's dirtiest, generates 130 million tons of fecal and urine matter each year, which in too many cases end up in rivers and coasts causing terrible environmental damage.

One of the most notorious cases took place in 1997, when the Environmental Protection Agency (EPA) levied a $12.5-million fine on Smithfield Farms for discharging slaughterhouse waste in violation of the Clean Water Act into the Pagan River, part of the Chesapeake Bay Basin.

But there is a third victim of these animal factories: their workers. Sixty-five percent of this labor force is Latino, and in most cases, undocumented Latinos, willing to work anywhere, including these places, so despised by American workers.

This industry, which causes more work accidents than any other in the country, too often treats its employees even worse than the animals it exploits.

"It's easy to find replacements, and if you get hurt, you're out," says Francisco Risso, director of the Workers' Center, a non-profit organization that assists immigrant workers in this industry in Morgantown, North Carolina. "And since the majority of them are undocumented, they are even more vulnerable to labor abuses."

Risso insists in order to improve the working conditions of this industry it is essential that Congress pass the Employee Free Choice Act so workers can freely unionize and show strength to bargain for their salaries and working conditions.

Meanwhile, for these workers, heaven is as far away as that town in Veracruz, Mexico.

Javier Sierra is a Sierra Club columnist.


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