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La Fe Mueve Montañas

Por Javier Sierra

Mariana Chew-Sánchez ha sido el blanco de un bombardeo tóxico que ha durado prácticamente toda su vida.

Cuando era muy niña, desde Ciudad Juárez, México, miraba con una mezcla de amargura e impotencia esa nube de humo negro amarillento que día y noche cabalgaba de la chimenea de la fundición de plomo ASARCO en El Paso, Texas, hasta los pulmones de toda su comunidad.

"Nunca se me olvidará el mal olor, el humo, el sabor metálico en la boca", recuerda Mariana. "Yo padecía tremendamente de los ojos, siempre los traía irritados".

Mariana, al igual que cientos de miles de vecinos suyos, arrastra las secuelas de este bombardeo, que según ella le ha causado una grave condición gastrointestinal de la cual se ha tenido que operar ocho veces.

Pero las cicatrices son la armadura de Mariana, una organizadora del Sierra Club en Texas. Y en la batalla por clausurar para siempre la fundición de ASARCO, pocos soldados han podido igualar su heroísmo, su fe y su coraje.

"ASARCO ha sido un tema latente, vivo, tangible, cercano, muy cercano durante toda mi vida", dice. "Era la representación del poder absoluto".

Durante más de un siglo, desde 1887 a 1999, la instalación emitió cientos de miles de toneladas de plomo, arsénico y cadmio -sustancias altamente tóxicas- a la atmósfera y a las comunidades que vivían a su sombra: El Paso, Ciudad Juárez y Sunland Park y Anapra, Nuevo México. De hecho, ASARCO tiene problemas de contaminación en 40 instalaciones en todo Estados Unidos.

Una investigación realizada en 1971 descubrió que en un año la fundición emitía 1,012 toneladas de plomo, 508 toneladas de zinc, 11 toneladas de cadmio y una tonelada de arsénico. Aun así siguió operando. Cientos de niños entre las edades de dos y seis años que viven cerca tienen niveles de plomo en la sangre tan elevados que necesitan inmediata intervención médica.

El plomo es una toxina de enorme potencia. Los niños -debido a su tendencia natural a llevarse objetos a la boca- son los más expuestos y vulnerables a sus devastadores efectos, incluyendo irreparables daños cerebrales, retraso mental y comportamiento agresivo.

Consciente de los terribles daños causados por la fundición, para Mariana, ya residente en Estados Unidos, la batalla se convirtió en una cuestión personal cuando se enteró en 2002 que ASARCO solicitó un permiso para reabrir la instalación.

"Mi mamá me enseñó que las cuestiones de justicia social están íntimamente relacionadas con las cuestiones de justicia medioambiental", dice. "Y así entré de nuevo en la pelea".

Y la pelea iba a ser durísima. ASARCO puso en marcha su poderosa red de apoyo, sobre todo a sus aliados en los gobiernos locales y estatales. Pero esto no amilanó la enorme fe en el triunfo de Mariana y del resto de los activistas que lucharon contra esta injusticia.

Ella comenzó trabajando desde el lado mexicano, al comprender que era un problema binacional, que la contaminación no necesita visado para cruzar la frontera. En enero de 2005, empezó a trabajar en el Sierra Club como organizadora comunitaria, cultivando sus contactos en las burocracias mexicanas, y preparando su ofensiva para que el país entero rechazara la reapertura de la fundición.

En su trabajo de cabildeo usó con frecuencia el arma más poderosa de su arsenal: una investigación de la Agencia de Protección Ambiental (EPA) que sugirió que durante su última década en funcionamiento, la instalación de ASARCO incineró ilegal e impunemente 50,000 toneladas de desechos peligrosos.

Tras años de perseverancia, Mariana consiguió que Ciudad Juárez, el estado de Chihuahua y el Congreso mexicano rechazaran el permiso de reapertura, una victoria épica, si consideramos la complejidad de las burocracias mexicanas.

Además Mariana tuvo que sufrir el acoso de los aliados de ASARCO, como notas amenazadoras en el parabrisas de su carro, detenciones ilegales de varias horas en el paso fronterizo para amedrentarla, y lo que más le dolió, el acoso contra su hija Ximena.

"Ella presentó un trabajo científico en la escuela sobre ASARCO. A la superintendente no le gustó y la acusó injustamente de plagio. Tanto la acosaron que tuve que llevarla a otra escuela", recuerda.

Pero mereció la pena. Tras siete años de batallar, el activismo de Mariana, de varios grupos medioambientales y de cientos de voluntarios lograron que el 11 de febrero ASARCO finalmente retirara su solicitud de reapertura.

"Fue una alegría inmensa", dice. "He arriesgado mi libertad y mi vida para luchar contra esta injusticia. Pero estos tipos corruptos no sabían con quién estaban tratando".

La fe mueve montañas, y tumba chimeneas.

Javier Sierra es columnista del Sierra Club.


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Faith Can Move Mountains
By Javier Sierra

Mariana Chew-Sánchez has been the target of a toxic bombardment that has lasted much of her life.

When she was very young, from Ciudad Juárez, Mexico she could see, with bitterness and impotence, the cloud of yellowish black smoke that day and night would travel from the stack of the ASARCO lead smelter in El Paso, Texas, to the lungs of her entire community.

"I will never forget the stench, the smoke, the metallic taste in my mouth," remembers Mariana. "My eyes suffered tremendously. They were always irritated."

Mariana, like hundreds of thousands of her neighbors, is still suffering from this bombardment, which she believes triggered a gastro-intestinal condition that has already taken her to the operating room eight times.

But the scars are also armor for this Sierra Club environmental justice organizer in Texas. And in the battle to permanently shut down the ASARCO smelter, few have matched her heroism, her faith and her courage.

"For me, ASARCO has been a permanent reality - alive, tangible, close, very close during my entire life," she says. "It was the very representation of absolute power."

For more than a century, from 1887 to 1999, the smelter spewed hundreds of thousands of tons of highly toxic substances such as lead, arsenic and cadmium, into the atmosphere and the communities that lived in its shadow: El Paso, Ciudad Juárez, and Sunland Park and Anapra, New Mexico. In fact, ASARCO has pollution problems at 40 facilities throughout the US.

A 1971 investigation found that each year the El Paso smelter spewed 1,012 tons of lead, 508 tons of zinc, 11 tons of cadmium and one ton of arsenic. Even so, it continued operating. Hundreds of children ages 2-6 that live close to the facility have such elevated lead levels in their blood that they need immediate medical intervention.

Lead is a toxin of enormous potency. Children -because of their natural tendency to put objects in their mouths- are the most exposed and vulnerable to its devastating effects, including irreparable brain damage, mental retardation and aggressive behavior.

Aware of the terrible damage caused by the smelter, for Mariana, already a US resident, the battle turned into a personal matter when she found out in 2002 that ASARCO applied for a permit renewal to reopen the facility.

"My mom taught me that social justice is very closely related to environmental justice," she says. "And that's why I entered the fight again."

And the fight was going to be arduous. ASARCO reactivated its powerful support network, especially its allies in local and state government. But this failed to diminish the unbreakable faith in final victory of Mariana and the rest of the activists who fought this injustice.

She began working on the Mexican side, understanding this was a binational problem, that pollution does not need a visa to cross borders. In January 2005, she started working at the Sierra Club as a conservation organizer, cultivating her contacts in the Mexican bureaucracies and preparing her offensive to get the support of the entire country to reject the permit.

In her lobbying she often used the most powerful weapon in her arsenal: an Environmental Protection Agency report suggesting that during its last decade of operations, the ASARCO smelter illegally and with impunity incinerated 50,000 tons of hazardous waste.

After years of perseverance, Mariana was able to convince the Ciudad Juárez authorities, the Chihuahua State legislature and the Mexican Congress to reject allowing the ASARCO smelter to reopen, an epic victory if we consider the complexity of the Mexican bureaucracies.

Also, Mariana suffered the harassment by ASARCO's allies, including threatening notes left on her car's windshield, illegal detentions at the border crossing to intimidate her and, what hurt her the most, harassment against her very young daughter Ximena.

"She submitted a science project in her school about ASARCO. The superintendent did not like it and unjustly accused her of plagiarism. The harassment was so intense, I had to take her to another school," she remembers.

But it was worth it. After fighting for seven years, the activism of Mariana, of many environmental groups and of hundreds of volunteers, finally forced ASARCO to withdraw its application on February 11.

"I felt immense joy," she says. "I have risked my freedom and my life to fight this injustice. But these corrupt folks had no idea whom they were dealing with."

Faith can move mountains, and knock down smoke stacks.

Javier Sierra is a Sierra Club columnist.


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