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Un Muy Mal Trago

Por Javier Sierra

Llegando al fin del Mes de la Herencia Hispana, los latinos todavía estamos esperando para celebrar una crucial victoria -- librarnos del agua tóxica que envenena a nuestras comunidades. El problema es nacional, pero en lo que se refiere a nosotros, la situación es mucho más grave.

Y este problema lo expuso el New York Times en toda su trágica gravedad en un reportaje histórico sobre la calidad del agua en nuestro país en el que denuncia que desde 2004 ha habido al menos medio millón de violaciones contra la Ley de Agua Limpia en todo el país.

El Times ofrece un mapa interactivo en el que se detallan estas violaciones con puntos anaranjados. Y si prestamos atención, cuanto mayor sea la concentración de latinos, más anaranjado se pone el mapa.

Es un reflejo más de las conclusiones de la primera encuesta nacional sobre latinos y el medio ambiente realizada el año pasado y patrocinado por el Sierra Club. El sondeo confirmó lo que todos nos temíamos: que la inmensa mayoría de los latinos en Estados Unidos (66%) viven, trabajan o van a la escuela peligrosamente cerca de un lugar tóxico.

Esta escandalosa cifra nos indica también que en los lugares tóxicos abunda el agua tóxica. Como en Anapra, Nuevo México, una de las comunidades más pobres y contaminadas del país. Este pueblo, cuya población es 95% hispana, día tras día paga las consecuencias del envenenamiento de plomo causado por las emisiones de una fundición cercana.

Hasta su clausura en 1999, durante más de un siglo la fundición ASARCO emitió miles de toneladas de plomo y otros metales pesados que cubrieron las comunidades aledañas, como Anapra, con un letal manto gris. Hoy, el plomo ha llegado a los acuíferos que abastecen de agua a la zona.

“El agua que bebemos es peligrosa”, dice Merit Velasco, representante de La Casita, el centro comunitario de Anapra. “El 80% de los niños tiene problemas de aprendizaje por culpa del plomo. Además el plomo les hace muy agresivos”.

Los anaprenses parecen estar abandonados a su suerte. Las autoridades de Nuevo México sólo se limitan a emitir advertencias de contaminación en el agua en inglés. Parece que nadie les ha dicho que en Anapra y otras comunidades fronterizas hasta el 70% no sabe leer en inglés.

Algo parecido está ocurriendo en los pueblos de Rialto y Bloomington, cerca de San Bernardino, California, cuya población es más de la mitad hispana. Allí, el veneno se llama perclorato, un componente del combustible de cohetes, que afecta el crecimiento, desarrollo y metabolismo del cuerpo humano, y causa cáncer. Este veneno procede de instalaciones cercanas de la Fuerza Aérea, la NASA y compañías aeroespaciales.

Según la Coalición de Justicia Medioambiental para el Agua en California, el perclorato se ha detectado en el agua potable, la leche, la leche humana y en los vegetales frescos. La contaminación afecta a varias comunidades, pero una vez más las más castigadas son las de color.

“La mayoría de los afroamericanos, latinos y pobres vive donde está el perclorato”, indica Davin Díaz, líder del Centro para la Acción Comunitaria y la Justicia Medioambiental. “Rialto y Bloomington son áreas de bajos ingresos. No creo que haya contaminación de perclorato en Berverly Hills”.

A dos de las compañías causantes de la contaminación, Lockheed Martin y Aerojet, se les obligó a realizar costosas limpiezas en los condados de Bernardino y Sacramento. Pero como nos dice el reportaje del Times, en la vasta mayoría de los casos, los contaminadores quedan impunes.
 
Esto es realmente un mal trago. Nos dice el Times que el 10% de los norteamericanos ha sido expuesto a agua contaminada, 19.5 millones se enferman cada año al beber agua infestada con patógenos, y el 40% de los servicios de agua y 23,000 compañías o entidades han violado la Ley de Agua Limpia desde 2004.

El artículo también cita a un funcionario anónimo de la Agencia de Protección Medioambiental (EPA) diciendo que la impunidad fue particularmente intensa durante la presidencia de George W. Bush: “Nos dijeron que pusiéramos nuestros casos contra el aire limpio y el agua limpia en una caja fuerte y que la cerráramos con llave”.

La administración Obama, sin embargo, ha prometido revitalizar los estándares de agua potable e implementar otros para hacer frente a nuevas amenazas.

Así lo esperamos porque de ello depende nuestra independencia de los malos tragos.

Javier Sierra es columnista del Sierra Club.


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A Bitter Taste

By Javier Sierra

At the end of the 31st annual Hispanic Heritage month, Latinos in the US are still waiting to celebrate a crucial victory —getting rid of the toxic water that poisons so many of our communities. This problem is nationwide, but as far as we are concerned, the situation is much more critical.

This issue was exposed in all its tragic gravity in a historic New York Times exposé about water quality in our country, denouncing that since 2004 there have been at least half a million violations of the Clean Water Act.

The Times features an interactive map detailing these violations with orange dots. And if we pay attention, the larger the concentration of Latinos, the more orange the map gets.

This is a reflection of the conclusions of the first-ever national survey about Latinos and the environment sponsored last year by the Sierra Club. The study confirmed what we all feared: the vast majority of Latinos (66 percent) live, work or go to school dangerously close to a toxic site.

This outrageous figure also tells us that where there are toxic sites, toxic water abounds, just like in Anapra, New Mexico, one of the country’s poorest and most polluted communities. This town, whose population is 95 percent Hispanic, day in and day out pays the high price of lead poisoning caused by the emissions of a nearby smelter.

Until it was shut down in 1999, for more than a century the ASARCO smelter spewed thousands of tons of lead and other heavy metals, covering the communities around it with a lethal gray cloak. Today, the lead has seaped down to the area’s aquifers.

“The water we drink is dangerous,” says Merit Velasco, a representative from La Casita, Anapra’s community center. “Eighty percent of our children have learning disabilities because of the lead. Also, the lead makes them very aggressive.”

Anaprans seem to be resigned to their own fate. The New Mexico authorities limit themselves to issue water pollution warnings only in English. Someone should tell them that in Anapra and many other border communities, 70 percent of residents cannot read in English.

Something similar is taking place in the towns of Rialto and Bloomington, close to San Bernardino, California, whose populations are more than half Hispanic. There, the poison is called perchlorate, a component of rocket fuel, which affects the growth, development and metabolism of the human body, and also is known to cause cancer. This poison comes from nearby facilities run by the Air Force, NASA and defense contractors.

According to the Environmental Justice Coalition for Water in California, perchlorate has been detected in drinking water, milk, breast milk and fresh vegetables. The pollution affects several communities, but once again the most punished are those of color.

“Where the perchlorate is, the majority of African American, Latino and poor whites live,” said Davin Díaz, a leader of the local Center for Community Action and Environmental Justice. “Rialto and Bloomington are low-income areas. I don’t think there is a perchlorate plume in Beverly Hills.”

Two of the polluters, Lockheed Martin and Aerojet, were forced to undertake expensive perchlorate clean-ups in Bernardino and Sacramento counties. But as the Times exposé tells us, for the vast majority of polluters, their crimes are water under the bridge.

This is indeed a bitter taste. According to the Times, 10 percent of Americans have been exposed to polluted drinking water, 19.5 million get sick every year after drinking water contaminated with pathogens, and 40 percent of community water services and 23,000 companies or institutions have violated the Clean Water Act since 2004.

The exposé also quotes an unnamed Environmental Protection Agency source as saying impunity was particularly intense during the George W. Bush administration: “We were told to take our clean water and clean air cases, put them in a box, and lock it shut.”

The Obama administration, on the other hand, has promised it will revitalize the existing clean water standards and establish others to deal with new threats.

We hope so, because our independence from bitter tastes would truly be something to celebrate.

Javier Sierra is a Sierra Club columnist.


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