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Entre Dos Mundos
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¿Puede Puerto Rico preservar su belleza caribeña y perseguir su sueño americano al mismo tiempo?
Por Jennifer Hattam

Actúe: Actúe Escriba al gobernador de Puerto Rico, Hon. Aníbal Vilá, La Fortaleza, P.O. Box 9020082, San Juan, Puerto Rico 00902-0082, y pídale que apoye la protección permanente del Corredor Ecológico del Noreste. Para enviar su mensaje online o para planear su viaje a la isla, visite sierraclub.org/corredor.

A sólo 25 millas de la intensamente urbanizada playa de San Juan (arriba), los litorales idílicos todavía son fáciles de encontrar, por ahora. Está planeado un proyecto urbanístico de 1.000 unidades en la sección de costa más abajo.
Diana de Ju vive en un hogar rústico pero confortable en una colina del pueblo de Luquillo, Puerto Rico, con su esposo y su hijo quinceañero. El área es una Meca potencial del ecoturismo. Las Playa Luquillo es popular entre los residentes, y sus alrededores incluyen muchos de los mejores atractivos de la isla -playas arenosas, espectaculares litorales rocosos, bosques ancestrales, barreras de coral y lagunas rodeadas de manglares. En noches sin luna, la mayor de éstas, la Laguna Grande, se convierte en un ramillete de luces al tiempo que los peces revuelven millones de pequeños dinoflagelados, un extraordinario fenómeno llamado bioluminiscencia.

"Qué natural y pacífico es este lugar. Todavía se puede respirar aire limpio y olvidarse uno de las tensiones", dice de Ju, quien nació en el cercano Fajardo pero se crió en el Bajo Lado Este de Nueva York, lo cual se detecta por su acento y sus modales directos. "Es uno de esos pocos lugares pacíficos que aún quedan. Ni siquiera tenemos que cerrar la puerta". Mientras hablamos en su sala, sentimos una suave brisa marina que agita su colección de cuentas, campanillas, y telas asiáticas. El patio está repleto de bananeros, anacardos y yerbas silvestres. "Nuestro tesoro es nuestra tierra", dice.

Hace unos diez años, de Ju abrió el grifo y nada salió. El agua se había desviado a una nueva comunidad amurallada. Desde entonces, dice su amiga Sally Tully-Figueroa, "todo lo que hacemos es buscar agua". Los de Ju tienen cuatro enormes tanques de agua, y aún así tienen que planear los baños de la familia. Tully-Figueroa ha tenido que levantarse en mitad de la noche -la única hora en la que hay agua- para hacer su limpieza. Una parroquia cercana que atrae a muchos feligreses ancianos ha pasado hasta dos meses seguidos sin agua. "La naturaleza siempre nos ha ofrecido agua", dice Angel Berríos Benítez, un amigo de una comunidad vecina. "Ahora va y viene".

Pero la situación amenaza con empeorar si se construyen dos megabalnearios a lo largo de la costa. Entre ambos, el Four Seasons' San Miguel Resort y el Marriott's Dos Mares Resort, tendrían un total de 700 habitaciones de hotel, 2.000 residencias de lujo, y cuatro campos de golf, más sus exigencias de agua. Los alrededores están casi vírgenes. De Ju y yo nos encontramos con Berríos en el estacionamiento de un centro comercial, y el Wyndham El Conquistador Resort domina una de las colinas de Fajardo. Pero aún queda mucho para salvarse.

Las urbanizaciones son sólo dos de las cinco que están planeadas en las siete millas de costa entre Luquillo y Fajardo, un territorio clave para el anidaje de las tortugas tinglares y del carey de concha. "Mis padres solían pasear por la playa durante su noviazgo", recuerda de Ju. "Ellos sabían que si pisaban la arena y la sentían temblar, tenían que retroceder porque las tortugas estaban eclosionando". Pero los balnearios que se quieren construir podrían destruir este santuario de animales marinos. "Anidan en áreas oscuras", dice Héctor Horta, biólogo a cargo del programa de monitoreo de las tortugas del Departamento de Recursos Naturales y Ambientales de Puerto Rico. "La luz les hace dudar" y agrega que las tortugas han reducido sus lugares de anidaje en Florida debido a la luz artificial. Horta advierte que la urbanización costera es mucho más dañina que la mucho más publicitada recolección furtiva de huevos.

Mural: Protect the CorredorDesde la playa en donde nos encontramos hablando, la costa se adentra hacia el oeste, donde se construirían los balnearios. Hacia tierra vemos distintos tonos verdes que cubren hasta las cimas de las montañas -cada uno diferencia los distintos tipos de bosque y todos están intactos y conectados. Los activistas medioambientales de la isla llaman a esta área a lo largo de la costa, al norte del bosque pluvial montañoso de El Yunque, el Corredor Ecológico del Noreste. Y protegerlo es una de sus prioridades. "Si permitimos que esto se urbanice", dice Horta, "no van a parar hasta construir un hotel de cinco estrellas en el bosque pluvial". Al igual que el resto de la isla, esta área se encuentra en una encrucijada, en un tira y afloja entre ser americanos o caribeños, entre la urbanización y la preservación, entre tener demasiado poco y desear demasiado.

Muchos residentes indican que la Mancomunidad de Puerto Rico tiene "una mentalidad continental", una visión muy americana de expansionismo que no cabe en una isla de este tamaño. Con 3,9 millones de personas en menos de 3.500 millas cuadradas, Puerto Rico tiene mayor densidad poblacional que Japón. Si Estados Unidos estuviera tan densamente poblado, tendía 4.000 millones de personas en lugar de 298 millones.

La isla también tiene otros dudosas características. Genera más desechos sólidos per cápita que casi cualquier estado de la Unión y tiene más carreteras por milla cuadrada que cualquier otro país del mundo. Con un sistema de transportación pública lenta e impredecible -sobre todo los vehículos privados que salen sólo cuando están llenos- Puerto Rico depende casi completamente de los carros.

"La gente se queja de los atascos de tráfico, pero consideran la congestión como una señal de progreso", dice el Padre Henry Beauchamp, un apasionado defensor del Corredor Ecológico del Noreste. El que una vez fuera uno de los lugares más pobres del Caribe, Puerto Rico fue transformado después de la Segunda Guerra Mundial cuando el gobierno estadounidense lanzó una campaña para fomentar el desarrollo económico, reemplazando la actividad agrícola con la industrial y turística. Las empresas siguen encontrando atractivos los incentivos de impuestos y bajos salarios de la isla. (Hasta este año, las compañías no pagaban impuestos federales por sus ganancias en la Mancomunidad, cuyas tres ramas de gobierno operan independientemente bajo la Constitución de Estados Unidos.

Mientras que Puerto Rico funciona en muchos sentidos como un estado, sus residentes no pueden votar en las elecciones presidenciales, y su único representante en el Congreso de Washington no puede votar sobre legislaciones.) Con un ingreso per cápita de $17.700, los puertorriqueños son más pobres que los residentes de Mississippi, pero más ricos que casi cualquier otro grupo del Caribe. Compañías como J.C. Penney tiene algunas de sus tiendas más rentables aquí. Los centros comerciales y los SUV son tan comunes como en los 50 estados.

"Muchos países latinoamericanos desean adoptar un modelo de desarrollo que causa enormes daños al medio ambiente", dice Beauchamp. Un hombre corpulento con barba recortada de tonos grises en la barbilla, el sacerdote tiene modales gentiles. Mueve las manos cadenciosamente mientras habla, pero sus comentarios están cargados de significado. "Los puertorriqueños a menudo se sienten inseguros cuando se comparan con Estados Unidos, pero no hay manera de justificar un estilo de vida en el que todos tienen acceso al sueño americano. Cualquier persona que tenga ojos verá que eso tiene un precio".

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Photos, from top: Carmen Guerrero Perez; Luis Jorge Rivera Herrera; Carmen Guerrero Perez.

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